lunes, 17 de marzo de 2008

Un paseo por la introducción.


Vivimos una época marcada por la magnitud de la velocidad e intensidad de los cambios en los diversos órdenes de la vida, donde la información y el conocimiento han pasado a constituirse en el bien más preciado. A ello se debe que para dar cuenta de esta nueva realidad se hable de la "sociedad de la información o era de la comunicación".


Hasta hoy el Internet se ha desarrollado como un sistema descentralizado, horizontal, que puede movilizar cualquier cantidad de información, de manera bi o multidireccional y con un gran potencial para la interactividad, por eso se lo presenta figuradamente como una telaraña. Por estas características es un medio único (pues no hay otro) para potenciar o fomentar la articulación de redes y grupos de interés. Y esto no es ajeno al hecho de que el Internet, si bien nació como un proyecto experimental de carácter militar, cobró cuerpo en el marco de iniciativas académicas y de grupos ciudadanos.

El impacto sobre los procesos de conocimiento ha sido de tal magnitud que se considera que habrá que esperar una o dos generaciones para que puedan asimilar la nueva realidad que se ha creado con el despliegue de las computadoras ("máquinas inteligentes" que pueden realizar funciones consideradas antes como prerrogativas de la mente humana), la conformación de inagotables bancos de datos, las repercusiones del audiovisual y multimedia sobre lo escrito, entre otras. Desde que se inició este siglo fue preciso que transcurrieran cincuenta años para que se duplique el conocimiento de la humanidad; hoy se estima que el conocimiento humano se duplica cada cinco años.
Y en el propio plano de la comunicación, conceptos básicos como el que establecía una separación de unidades discretas entre emisor, canal y receptor han perdido vigencia: ahora hay que lidiar con un sentido integral y complejo del proceso.


Con las NTIC la humanidad ha alcanzado un potencial inédito para comunicarse, sin embargo uno de los más graves problemas de nuestros días es la incomunicación. Y éste no es un problema que resulta de la tecnología en sí, cuanto que de los usos y lógicas que imprimen las fuerzas e intereses que la manejan. La historia demuestra que el progreso tecnológico no necesariamente implica progreso social. Hoy las NTIC nos ofrecen una gran capacidad para que fluya información casi sin limitación alguna, pero sin que ello signifique una mayor democratización. En suma, el hecho es que junto a las oportunidades que ofrecen, también plantean riesgos que pueden conllevar a una profundización de las disparidades y las relaciones de dominación existentes en el mundo. Y esta no es una cuestión que ha de derimirse con tal o cual modelo comunicacional, sino en términos de relaciones de fuerza sociales y el concepto de democracia que ellas impulsan.

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